RELATOS CORTOS DE CARACTER INTROSPECTIVO E INTIMISTA, INSPIRADOS EN EL DEVENIR COTIDIANO Y EN LAS HUELLAS QUE EL PASO DEL TIEMPO ESCRIBE SOBRE NUESTRA PIEL
“La vida es una vela que la va
apagando el tiempo”
FRANCISCO BLANCO
En
el iris cristalino de mis ojos, se refleja una nube gris. En ella se esconde tu
nombre y con ella, un mar de lágrimas, arrasa y nubla nuestra existencia.
El
tiempo se evade y lo borra todo pero no así tu persona ni los recuerdos que con
ternura y cariño depositó en el corazón de quien amó y a quien igualmente,
amamos sin mesura. Su imagen permanece nítida y fijada a la retina de mis ojos,
sus hechos cual sentencias sabias, retumban en mi mente.
Un
ejemplo de vida y referente de ser humano, se esfuma silenciosamente por el
quicio de una puerta entreabierta, en tanto en el aire, una ausencia llora su
partida. Ahora has comenzado a dolerme terriblemente en el alma, en ese íntimo
lugar donde reposan los más nobles sentimientos del ser humano.
Sus
palabras se ahogaron para siempre y no volveré a escuchar el eco de su voz pausada.
Todo se ha vuelto una tensa calma, observando su cuerpo yacente. Ojalá nada
fuera lo que parece.
El
tiempo me lo va robando todo, lo voy perdiendo todo en el camino y me siento,
si cabe, más solo todavía de lo que en realidad estoy.
La
muerte es el peor de los verdugos, el más indolente pero igualmente forma parte
de la vida. Ésta, es cuestión de tiempo y cada día, en el intento por
sobrevivir, nos morimos un poco más. Cuando nos observamos en el espejo, ya
solo vemos la sombra de lo que un día fuimos.
Que
difícil me resultará, de hoy en adelante, sacarme de la mente aquello que no
puedo arrancarme del corazón. Su imagen, su nombre, FRANCISCO, mi segundo padre
y el hermano que nunca tuve.
En
tanto seamos capaces de alimentar su recuerdo, no se habrá ido del todo, su
existencia no habrá sido en vano porque su legado humano nos impregna a todos
los que le conocimos, amamos y respetamos.
Aprovecho la complicidad de esta noche de tormenta,
cuando hace justamente cuatro años que asaltaste mi vida, para decirte que fue
el espacio de tiempo más corto en el cual me sentí más enteramente yo.
Hoy puedo intuir en tus ojos ausentes que a pesar de
la distancia, continuamos teniéndonos como cuando nuestras ventanas se
enfrentaban, abiertas de par en par, para permitirle a la luz invadir el
interior de nuestras estancias, con el tibio sol de cada nuevo amanecer.
Todo sigue igual en mi corazón, a pesar de tener el
alma vencida y derrotada a causa de esa inmensa línea que traza la distancia, o
puede que también algo cambiara, produciendo un desasosiego terrible en mi
persona.
El día que recibiste la clarividencia de la llamada,
tuviste que recoger tus enseres con lágrimas en los ojos y decidiste cerrar al
unísono el corazón, la contraventana y la maleta. En ese preciso instante,
comenzaste a abrirme la herida que aún no ha cicatrizado. Entonces, en la misma
dirección, secundé tu llamada.
¡Amor mío!, la soledad en este apartado rincón del
seminario, crea espectros calamitosos que me atenazan, inseguridades que no se
aplacan, pero un intenso ardor que inflama el deseo irrefrenable de tenerte
nuevamente para fundirme en ti y en adelante, ser un mismo cuerpo, sin por ello
tener que mutilar ambas conciencias y poder de esta forma, continuar combinando
nuestras esencias afectivas en un cóctel sagrado de amor, aderezado con unas
gotas de la siempre exótica y pecadora flor de la pasión.
¡Angel mío!, disipa mis dudas, dime que continúas
acrecentando tu amor por mi y que me sigues viendo reflejado en el iris
cristalino de los ojos de nuestro SEÑOR que te observa arrodillada con
apasionada devoción. Miénteme si fuera necesario y cuéntame que las horas de
penitencia aún no fueron suficientes para borrar el sabor de mis caricias sobre
tu piel. Hazme seguir creyendo que mi imagen continúa retumbando en tu
atormentada conciencia, mientras mis labios siguen depositando el néctar del
deseo sobre los tuyos inmaculados.
¡Regresa vida mía!, regresa encubierta en el
silencio en que partiste, cércame por sorpresa, para luego admitir que te
encuentras arrepentida de todo este tiempo perdido. Entonces en mi compañía,
podrás disfrutar de este gran amor que custodio para ti. Piensa que es mentira
que dispongamos de todo el tiempo del mundo para amarnos y ojalá desde la
clausura del cenobio, puedas adivinar los latidos desbocados de este corazón
senil y pecador que te sigue esperando al amparo de estos sentimientos nobles
que brotan de mi interior. Irremediablemente, desde esta fría y lúgubre cárcel de
penitencia, ¡TE QUIERO!.
Hace un año que me cerraste las puertas
de tu corazón, y sin embargo te sigo amando más que entonces. La distancia y el
olvido que me impongas, lo único que conseguirán es acrecentar mi amor por ti.
Si algún día herida, derrotada y
vencida, decides regresar, mis brazos serán el bálsamo para curar todas tus
heridas. ¡Te has equivocado y me ha dolido!, la
sin razón ha golpeado y destruido nuestras vidas por qué así tú lo has
decidido. La niebla en el horizonte, no te ha permitido ver más allá. No has
sabido ahondar en mi ser para rescatar mi corazón.
Ojalá seamos quien, alguna vez, de
descubrir juntos todo el amor perdido, en un tiempo que nos fue arrebatado. El
orgullo, no debiera ser un aliado, ni por ende, nuestro mejor compañero de
viaje.
En el quicio de la puerta, recibí
un cálido abrazo y vi sus ojos azules, tornarse a gris perlado. Sabía que era
la última vez que enfrentaría mi mirada y yo a la par, intuí que bien podría
serlo. Mientras mis pasos me alejaban de tu vida, a tus pies, se desplomaban
todas las estrellas del firmamento. El ocaso perdió su encanto y la noche, su
brillo.
Al día siguiente, habían enmudecido
los jilgueros y los magos me obsequiaron con un alba tan gélida, cuan triste.
El castillo de naipes, se desvaneció a mis pies. Todo había terminado, ¡absolutamente
todo!.
La desesperación hizo mella, se
instaló en mi vida y ésta me estrechó condescendientemente entre sus brazos. Ya
no la tendría más conmigo ni jamás a mi vera porque el daño había sido
irreparable, al menos, así me lo hizo saber.
Puse sentimientos a raudales,
demasiado corazón pero mis nobles intenciones se estrellaron una y otra vez
contra el muro del tiempo. No hubo respuesta satisfactoria, tampoco ningún otro
tipo de respuesta.
Ni en primavera ni en verano, logré
ahuyentar de mi, aquella gélida sensación de una mañana de reyes. Ahora que
cabalga en el horizonte el invierno, el frío y la soledad, regresan con más
fuerza y me golpean en el alma, allí donde las cicatrices permanecen, sin hallar
bálsamo que pueda aliviarlas.
Mis mensajes se pierden en la nada,
no encuentran el canal adecuado para traspasar las barreras que tu mente
interpone en su camino.
Sé que intentas disfrazar tu vida
de mil formas y colores y a pesar de ello, compartes sin quererlo, el frío y
las cicatrices de mi misma soledad. Tu alma está tan lacerada como la mía
porque ambas son, ¡almas gemelas!.
Nos hemos condenado al ostracismo,
a sabiendas que mañana, nos flagelaremos añorando el tiempo perdido porque
cualquier tiempo pasado habría sido mejor, a poco que lo hubiéramos disfrutado.
Lo que se rompió alguna vez, jamás
recuperará su estado original y a pesar de ello, lo queramos o no, siempre
seremos el resultado de todo lo que hemos vivido.
Con
paso firme y decidido me adentré una vez más en una danza lúbrica de mil
colores, formas y texturas. El torbellino de la noche con su fatal encanto lo
envolvía todo, mientras en mi cerebro se deslizaban las neuronas mecidas en un
magma de esperma, infinitamente cálido.
A
lo lejos, divisé agazapada la silueta definida de la lujuria que lo inundaba
todo de deseo. Adiviné en el humo gris de su etérea mirada, el galope desbocado
de sus cálidos senos al entrechocar con mi torso.
Sin
ella a penas darse cuenta, ya había sucumbido a las garras de mi instinto más
perverso y depredador. Ambos de la mano, nos despeñamos al fondo de un abismo
de pasión.
No
me había visto y sin embargo yo, sabía que no tenía más remedio que sucumbir
bajo el peso de mis caderas. Estaba eternamente atrapada en el poder subyugante
de mi mente.
La
seguí de lejos, a distancia prudencial, sin importarme lo más mínimo su pasado y
presente, porque al final, sería yo quien de un zarpazo, hiciera añicos el
espejo de su lozanía. Poseía ese semblante que me atrae irremediablemente, ¡tenía
cara de cielo y ojos de perdida!. Llevaba tatuado el vicio y la lascivia sobre
su tornasolada palidez, no era simplemente un ser humano al uso, sino más bien,
un objeto de deseo, una autómata programada para el placer sin mesura. Placer
propio y ajeno que invita a pecar dulcemente.
Cuando
le demandé un cigarrillo, su imagen ya se difuminaba lentamente en el iris
cristalino de mis ojos. Era inevitable para ambos, tenía que suceder y sucedió.
Hay veces en que el azar, limita el poder de elección.
Mientras
su mano forzaba la solapa de la cajetilla, la mía se deslizó por la obscena curvatura
de sus nalgas y mis labios sellaron violentamente los suyos. Sobraron las
palabras y nos abordó la extrema urgencia.
Mi
virilidad turgente, pugnaba por partirle en dos, el elixir cálido de la vida lo
hacía por agredir su piel, por marcar a fuego lento nuestro encuentro furtivo.
Hervía y se desbordaba la noche a nuestro paso, mientras se derretía en
nuestros labios el hielo del último gintonic.
Consiguió
que mi cuerpo crepitara a la par que mi mente, cuando inhiesto rocé las trémulas
puertas de su séptimo cielo. El calor de la vida se adueñó de mi masculinidad y
la sentí perfectamente acomodada y rendida en el vaivén armónico de mi pelvis.
Desde
aquel día, hubo uno, otro y muchos más. Ella encontró entre mis brazos, un par
de alas que todavía le permiten fantasear y yo un balcón ciego en su mirada que
me invita a cabalgar la noche, buscando el sendero que me posibilite alcanzar
lo inalcanzable.
Una oscuridad aterradora, caía como
un manto, cubriendo la ciudad.
Negra esclavitud portabas ya en los
diminutos brazos cariñosos. Un cuerpo ahuecado y bien delimitado, enturbiaba
una mirada lasciva, colmada de ilusión, tu corazón herido, lloraba aquí en mi
hombro, la desolación que yacía en aquel marco plateado de la alcoba, en un
rincón. La pintora de sensibilidades
muertas, al desangrarse de una herida, se me estaba muriendo, cuando apenas yo,
había cobijado su tristeza ya muy dentro de mi corazón.
Nadie adula su pasado cuando acaba
de esfumarse, cuando vuelve la cabeza y se encuentra con un cerrado portón.
Las pasiones son mundanas, tan
inquietas cuan efímeras, no marcan ni de lejos el compás de una aireada
realidad.
Olor de espliego fresco en tu mirada,
vagaba prendido de las hermosas alas lacónicas del viento, cuando al vuelo de
un cerrado puño lo he cogido y conmigo lo mantengo. Llegaste a abrasarme el
alma para luego ir quemando mi cuerpo, te he sentido muy adentro, cuando en la
noche cabalgaba un desengaño a la par de una triste desolación.
¿Qué hay de cierto en tu mirada?,
¿qué ven tus ojos cuando permanecen cerrados?, ¿Cómo te habla el corazón, cuando
callan tus labios?.
Si la magia de la luz no me
devolviera espectros, el plateado espejo me hablaría y sabría, ¡amor!, quien
eres tú, si la luna allá en lo alto me sonriera y al pasar el eco de una voz me
saludara, sabría, ¡amor!, como me ves reflejado en el iris cristalino de tus
pupilas.
Si de mi voluntad dependiera, nunca
más me sintiera yo enamorado, nunca trates de cambiarme por una falsa ficción. No
tengo posición, ni la mínima intención, soy diferente, he templado mi corazón
con años de experiencia y adecuación, a lo sumo, ámame y déjame volar con el
aire de la pena ahogada que produce una ajada incomprensión.
…..”La vida solo puede
ser comprendida, echando la vista atrás,
pero ha de ser vivida
necesariamente, mirando hacia delante.
El éxito en la misma, no
se mide por lo logrado, sino más bien,
por todo lo que has
superado y rescatado de la adversidad”…..
L
as agujas del reloj
giran vertiginosamente, a ritmo pautado y velocidad constante. Los días se
suceden a las noches, mientras sobre el calendario, se asesinan impunemente las
estaciones, no bien ha muerto la una, comienza a agonizar la siguiente.
Irremisiblemente, todo fluye y se evade.
Me cuesta dar cumplido
crédito a la cruenta realidad pero desde la fatídica fecha, ya han transcurrido
veinticinco años, ¡quién lo diría!, pero es toda una epatante y avasalladora
realidad. Entonces era tan solo un jovenzuelo cargado de ilusiones, recién
salido de su peculiar adolescencia. Hoy soy todo un adulto acomodado, pisando
con pié firme en su prematura vejez.
Con tan solo diez años
más de los que actualmente campean en mi particular marcador, él se ha visto
obligado a partir, dejando muy poco hecho y tanto por hacer, viendo a penas
nada, aún disfrutando de buena vista. Ni siquiera había tenido tiempo para que
en sus retinas maduraran las incipientes cataratas.
En mis oídos, aún
resuenan sus resueltas sentencias, en mi cabeza, todavía burbujean sus certeras
y savias palabras, sus consejos que han sido el manual de mi vida y conducta,
haciendo de mi, para bien o para mal, la persona que actualmente soy, nola que tal vez a él le hubiera gustado que
fuera. Por entonces, era un proyecto de autor inacabado y hoy soy toda una obra
anónima y autodidacta. El camino de la vida, fue y sigue siendo quien marca y
guía mis pasos, a veces, pasos etéreos y menos firmes de lo que yo quisiera.
Anhelo aquel tiempo de
vino y rosas, carente de toda ambición, el que me han robado cuando más lo
necesitaba, aquel punto vital de apoyo que hizo que me tambaleara y cual
funambulista, me dejó danzando sobre el alambre. Como a tantos otros, a mí
también me tocó jugármela sin red, sobreviví al filo de lo imposible y con las
alforjas cargadas de ausencias, haciendo equilibrios y malabares sobre el
afilado filo de la guadaña. Así es que la vida, ha dejado cicatrices y tatuado
mi existencia de profundo dolor.
A menudo siento vértigo
al contemplar mi rostro en el espejo, divisando absorto, la ajada juventud que
se esfumó, dejando paso al resignado rictus de la decrepitud. El paso
inexorable del tiempo, ha cincelado a su antojo mis arrugas, cual mella
lacerante sobre mi piel. Sus amadas arrugas de entonces, son las detestadas
mías actuales.
Se han evaporado de un
soplo veinticinco años, de los que tengo la sensación de no haber vivido ni
disfrutado la mitad, al permanecer aletargado cual murciélago que tan solo
resucita con el resplandor del tórrido verano.
Más él ya no está,
permanece latente su recuerdo, para mí, con la intensidad de antaño. Él fue, es
y será por siempre MI PADRE, el amigo y el hermano que no tuve, el punto de
apoyo del que la vida me privó pero a pesar de ello, jamás sucumbí.
La solidez constante de
sus sesenta años trabajados a conciencia, fueron proyectados sobre mis
veinticinco de existencia a su lado, luego, el paso del tiempo por mi vida y
las circunstancias, han hecho todo lo demás.