RELATOS CORTOS DE CARACTER INTROSPECTIVO E INTIMISTA, INSPIRADOS EN EL DEVENIR COTIDIANO Y EN LAS HUELLAS QUE EL PASO DEL TIEMPO ESCRIBE SOBRE NUESTRA PIEL
tornando escuridade, onde os teus ollos
pousaches.
“Esta
é a miña pequena homaxe a quen acostuma
a
vir remar ao interior, agardando que algún día,
me
convides a facelo en Rianxo, ao teu carón”
NOTA: Este poema foi presentado ao concurso "Díselo con catro gatos", obtendo o primeiro premio. O galardón foi fallado o día 12/02/2015, sendo publicado no diario dixital ·Catro gatos", o día 14/02/2015, con motivo da celebración do día de San Valentín. O feito creativo é sumamente importante pero para que éste se produza, é necesario que exista una fonte de inspiración por iso, é de ben nacidos ser agradecidos e eu o son. A ti J.F. que eres a miña inagotable fonte de inspiración, o meu presente máis esperanzador. O éxito da "Rianxeira", é compartido ao 50%, este poema xurde porque ti existes.
El
día comenzó como muchos otros, con la eterna nostalgia de las mañanas gélidas,
hiriéndome la piel. Yo amanecí confundido, cual sombra perdida, bajo el caos de
mi universo.
La
tarde avanzó con sigilo, sorprendiéndome con el alma encogida. En ese preciso instante,
regresabas nuevamente a mi vida. Todo cambió de repente en mi casa vacía y el
sentir la caricia de tu piel sobre la mía, me hizo gemir en mi cama y admitir,
antes de amarte que te quería.
Me
abordaste por sorpresa, cual vendaval que arrecia contra mi maltrecho cuerpo.
En esta fría alcoba, teñida con matices de soledad e invierno, tu lánguida
mirada, acariciaba mis sentidos.
Detenida
en el quicio de la puerta, vi avanzar la bondad reflejada en el iris cristalino
de tus iridiscentes pupilas, sentí palpitar tu piel trémula cerca de mi cuerpo
y no fui quien de resistirme al encuentro húmedo de tus labios. En la comisura
de los mismos, degusté el sabor salado de tus lágrimas. Eran lágrimas
cinceladas en el corazón que fluían cálidas, horadando tus nacaradas mejillas.
Entonces, con un beso inmaculado y exento de lascivia, sellé tus labios. Tras
éste, vinieron otros y mi lengua se entrelazó, acariciando tu suave paladar,
mis brazos abrazaron tu cuerpo y el mío, se prendó de tu alma. Comulgamos bajo
la misma especie, inundándose nuestros corazones de goce y plenitud, nos
fundimos el uno en el otro y ambos estábamos preparados para sentir en tromba
el cálido torrente del que mana la vida.
Fui
el huésped de la parte más íntima de tu ser. En tanto te rendías a lo
inevitable, yo dialogaba con tu mente y le transmitía lo que mi cuerpo
demandaba a gritos. Te escuchaba jadear y me perdía en lo más recóndito de tus
húmedas cavidades, quería inundarte de ternura y placer.
Después
del combate en la trinchera, llegó la tregua para ti y con ella, una tensa
calma para mí. Intuiste que mi cuerpo le gritaba al tuyo colmado, rendido y
saciado y aún así, saltaste de nuevo al campo de batalla. Tu abandono a mi
voluntad, permitió saciar mi ímpetu, embriagándome de una felicidad que jamás
había experimentado. Me sentí el ser más feliz que en ese momento el firmamento
pudiera dar cobijo.
Las
caricias erizaron nuestra piel y fueron el bálsamopara atenuar nuestras heridas y temores. El
reposo, hizo recobrar la calma pero no mermar ni un ápice la pasión. En la
quietud expectante de nuestra alcoba, los silencios gritaban que nos queríamos
y amábamos a pesar de que, lo nuestro fuera a todas luces, un especial e
imposible amor.
Antes
de irte, me estrechaste violentamente contra tu cuerpo y cuanto más sentía que
de mi te alejabas, más cerca te tenía. Nuestra piel, había sido tatuada con el
elixir redentor de la vida.
Desde
entonces, duermo abrazado a tu ausencia y aún estando lejos, siento que caminas
a mi lado, con los ojos cerrados a la luz y la mente completamente abierta a
los sueños. Cada nuevo amanecer, brilla el sol en mi ventana y escucho cada
matiz que se camufla en el trinar de los jilgueros. La suave brisa del
amanecer, acaricia mi rostro y me embriaga con tu fresco olor a espliego en
flor.
¡Amor
mío!, ¿Cuánto tiempo me vas a regalar, antes de que me hagas despertar?. La
respuesta flotaba y se mecía en el aire.
No
se mide el alcance de los hechos y es entonces cuando sobrevienen las tan
temidas consecuencias. Luego, con la perspectiva que me otorga la experiencia,
toda la partitura me sonó a algo ya muy conocido y vivido. Heridas que laceran
el cuerpo y jamás cicatrizan en el alma.
“La vida es una vela que la va
apagando el tiempo”
FRANCISCO BLANCO
En
el iris cristalino de mis ojos, se refleja una nube gris. En ella se esconde tu
nombre y con ella, un mar de lágrimas, arrasa y nubla nuestra existencia.
El
tiempo se evade y lo borra todo pero no así tu persona ni los recuerdos que con
ternura y cariño depositó en el corazón de quien amó y a quien igualmente,
amamos sin mesura. Su imagen permanece nítida y fijada a la retina de mis ojos,
sus hechos cual sentencias sabias, retumban en mi mente.
Un
ejemplo de vida y referente de ser humano, se esfuma silenciosamente por el
quicio de una puerta entreabierta, en tanto en el aire, una ausencia llora su
partida. Ahora has comenzado a dolerme terriblemente en el alma, en ese íntimo
lugar donde reposan los más nobles sentimientos del ser humano.
Sus
palabras se ahogaron para siempre y no volveré a escuchar el eco de su voz pausada.
Todo se ha vuelto una tensa calma, observando su cuerpo yacente. Ojalá nada
fuera lo que parece.
El
tiempo me lo va robando todo, lo voy perdiendo todo en el camino y me siento,
si cabe, más solo todavía de lo que en realidad estoy.
La
muerte es el peor de los verdugos, el más indolente pero igualmente forma parte
de la vida. Ésta, es cuestión de tiempo y cada día, en el intento por
sobrevivir, nos morimos un poco más. Cuando nos observamos en el espejo, ya
solo vemos la sombra de lo que un día fuimos.
Que
difícil me resultará, de hoy en adelante, sacarme de la mente aquello que no
puedo arrancarme del corazón. Su imagen, su nombre, FRANCISCO, mi segundo padre
y el hermano que nunca tuve.
En
tanto seamos capaces de alimentar su recuerdo, no se habrá ido del todo, su
existencia no habrá sido en vano porque su legado humano nos impregna a todos
los que le conocimos, amamos y respetamos.
Aprovecho la complicidad de esta noche de tormenta,
cuando hace justamente cuatro años que asaltaste mi vida, para decirte que fue
el espacio de tiempo más corto en el cual me sentí más enteramente yo.
Hoy puedo intuir en tus ojos ausentes que a pesar de
la distancia, continuamos teniéndonos como cuando nuestras ventanas se
enfrentaban, abiertas de par en par, para permitirle a la luz invadir el
interior de nuestras estancias, con el tibio sol de cada nuevo amanecer.
Todo sigue igual en mi corazón, a pesar de tener el
alma vencida y derrotada a causa de esa inmensa línea que traza la distancia, o
puede que también algo cambiara, produciendo un desasosiego terrible en mi
persona.
El día que recibiste la clarividencia de la llamada,
tuviste que recoger tus enseres con lágrimas en los ojos y decidiste cerrar al
unísono el corazón, la contraventana y la maleta. En ese preciso instante,
comenzaste a abrirme la herida que aún no ha cicatrizado. Entonces, en la misma
dirección, secundé tu llamada.
¡Amor mío!, la soledad en este apartado rincón del
seminario, crea espectros calamitosos que me atenazan, inseguridades que no se
aplacan, pero un intenso ardor que inflama el deseo irrefrenable de tenerte
nuevamente para fundirme en ti y en adelante, ser un mismo cuerpo, sin por ello
tener que mutilar ambas conciencias y poder de esta forma, continuar combinando
nuestras esencias afectivas en un cóctel sagrado de amor, aderezado con unas
gotas de la siempre exótica y pecadora flor de la pasión.
¡Angel mío!, disipa mis dudas, dime que continúas
acrecentando tu amor por mi y que me sigues viendo reflejado en el iris
cristalino de los ojos de nuestro SEÑOR que te observa arrodillada con
apasionada devoción. Miénteme si fuera necesario y cuéntame que las horas de
penitencia aún no fueron suficientes para borrar el sabor de mis caricias sobre
tu piel. Hazme seguir creyendo que mi imagen continúa retumbando en tu
atormentada conciencia, mientras mis labios siguen depositando el néctar del
deseo sobre los tuyos inmaculados.
¡Regresa vida mía!, regresa encubierta en el
silencio en que partiste, cércame por sorpresa, para luego admitir que te
encuentras arrepentida de todo este tiempo perdido. Entonces en mi compañía,
podrás disfrutar de este gran amor que custodio para ti. Piensa que es mentira
que dispongamos de todo el tiempo del mundo para amarnos y ojalá desde la
clausura del cenobio, puedas adivinar los latidos desbocados de este corazón
senil y pecador que te sigue esperando al amparo de estos sentimientos nobles
que brotan de mi interior. Irremediablemente, desde esta fría y lúgubre cárcel de
penitencia, ¡TE QUIERO!.
Hace un año que me cerraste las puertas
de tu corazón, y sin embargo te sigo amando más que entonces. La distancia y el
olvido que me impongas, lo único que conseguirán es acrecentar mi amor por ti.
Si algún día herida, derrotada y
vencida, decides regresar, mis brazos serán el bálsamo para curar todas tus
heridas. ¡Te has equivocado y me ha dolido!, la
sin razón ha golpeado y destruido nuestras vidas por qué así tú lo has
decidido. La niebla en el horizonte, no te ha permitido ver más allá. No has
sabido ahondar en mi ser para rescatar mi corazón.
Ojalá seamos quien, alguna vez, de
descubrir juntos todo el amor perdido, en un tiempo que nos fue arrebatado. El
orgullo, no debiera ser un aliado, ni por ende, nuestro mejor compañero de
viaje.
En el quicio de la puerta, recibí
un cálido abrazo y vi sus ojos azules, tornarse a gris perlado. Sabía que era
la última vez que enfrentaría mi mirada y yo a la par, intuí que bien podría
serlo. Mientras mis pasos me alejaban de tu vida, a tus pies, se desplomaban
todas las estrellas del firmamento. El ocaso perdió su encanto y la noche, su
brillo.
Al día siguiente, habían enmudecido
los jilgueros y los magos me obsequiaron con un alba tan gélida, cuan triste.
El castillo de naipes, se desvaneció a mis pies. Todo había terminado, ¡absolutamente
todo!.
La desesperación hizo mella, se
instaló en mi vida y ésta me estrechó condescendientemente entre sus brazos. Ya
no la tendría más conmigo ni jamás a mi vera porque el daño había sido
irreparable, al menos, así me lo hizo saber.
Puse sentimientos a raudales,
demasiado corazón pero mis nobles intenciones se estrellaron una y otra vez
contra el muro del tiempo. No hubo respuesta satisfactoria, tampoco ningún otro
tipo de respuesta.
Ni en primavera ni en verano, logré
ahuyentar de mi, aquella gélida sensación de una mañana de reyes. Ahora que
cabalga en el horizonte el invierno, el frío y la soledad, regresan con más
fuerza y me golpean en el alma, allí donde las cicatrices permanecen, sin hallar
bálsamo que pueda aliviarlas.
Mis mensajes se pierden en la nada,
no encuentran el canal adecuado para traspasar las barreras que tu mente
interpone en su camino.
Sé que intentas disfrazar tu vida
de mil formas y colores y a pesar de ello, compartes sin quererlo, el frío y
las cicatrices de mi misma soledad. Tu alma está tan lacerada como la mía
porque ambas son, ¡almas gemelas!.
Nos hemos condenado al ostracismo,
a sabiendas que mañana, nos flagelaremos añorando el tiempo perdido porque
cualquier tiempo pasado habría sido mejor, a poco que lo hubiéramos disfrutado.
Lo que se rompió alguna vez, jamás
recuperará su estado original y a pesar de ello, lo queramos o no, siempre
seremos el resultado de todo lo que hemos vivido.
Con
paso firme y decidido me adentré una vez más en una danza lúbrica de mil
colores, formas y texturas. El torbellino de la noche con su fatal encanto lo
envolvía todo, mientras en mi cerebro se deslizaban las neuronas mecidas en un
magma de esperma, infinitamente cálido.
A
lo lejos, divisé agazapada la silueta definida de la lujuria que lo inundaba
todo de deseo. Adiviné en el humo gris de su etérea mirada, el galope desbocado
de sus cálidos senos al entrechocar con mi torso.
Sin
ella a penas darse cuenta, ya había sucumbido a las garras de mi instinto más
perverso y depredador. Ambos de la mano, nos despeñamos al fondo de un abismo
de pasión.
No
me había visto y sin embargo yo, sabía que no tenía más remedio que sucumbir
bajo el peso de mis caderas. Estaba eternamente atrapada en el poder subyugante
de mi mente.
La
seguí de lejos, a distancia prudencial, sin importarme lo más mínimo su pasado y
presente, porque al final, sería yo quien de un zarpazo, hiciera añicos el
espejo de su lozanía. Poseía ese semblante que me atrae irremediablemente, ¡tenía
cara de cielo y ojos de perdida!. Llevaba tatuado el vicio y la lascivia sobre
su tornasolada palidez, no era simplemente un ser humano al uso, sino más bien,
un objeto de deseo, una autómata programada para el placer sin mesura. Placer
propio y ajeno que invita a pecar dulcemente.
Cuando
le demandé un cigarrillo, su imagen ya se difuminaba lentamente en el iris
cristalino de mis ojos. Era inevitable para ambos, tenía que suceder y sucedió.
Hay veces en que el azar, limita el poder de elección.
Mientras
su mano forzaba la solapa de la cajetilla, la mía se deslizó por la obscena curvatura
de sus nalgas y mis labios sellaron violentamente los suyos. Sobraron las
palabras y nos abordó la extrema urgencia.
Mi
virilidad turgente, pugnaba por partirle en dos, el elixir cálido de la vida lo
hacía por agredir su piel, por marcar a fuego lento nuestro encuentro furtivo.
Hervía y se desbordaba la noche a nuestro paso, mientras se derretía en
nuestros labios el hielo del último gintonic.
Consiguió
que mi cuerpo crepitara a la par que mi mente, cuando inhiesto rocé las trémulas
puertas de su séptimo cielo. El calor de la vida se adueñó de mi masculinidad y
la sentí perfectamente acomodada y rendida en el vaivén armónico de mi pelvis.
Desde
aquel día, hubo uno, otro y muchos más. Ella encontró entre mis brazos, un par
de alas que todavía le permiten fantasear y yo un balcón ciego en su mirada que
me invita a cabalgar la noche, buscando el sendero que me posibilite alcanzar
lo inalcanzable.